viernes, 12 de enero de 2018

EDUCAR EL CORAZÓN

Para empezar, quiero traer un texto del maestro Ignacio de Loyola, que nos puede ayudar a introducirnos:  "No el mucho saber harta y satisface el ánima, mas el sentir y gustar de las cosas interna­mente" [1]. Hay que distinguir entre “saber” y “sabor”, como muy bien lo reflejó un artículo de Florencio Segura hace algunos años.[2] El conocimiento es algo necesario, debemos desarrollar nuestra mente como seres humanos, pero ¿basta con esto?.  También debemos educar el corazón. ¿De qué vale saber mucho, ser especialistas en determinadas materias, construir sofisticadas máquinas y gigantescos edificios,… repito, de qué vale el “progreso científico y tecnológico, si vivimos sin sabor y caminamos “snortaos”, sin sentido?

Muchas veces vivimos agobiados por el trabajo, las reuniones, los compromisos sociales,… ¿cuánto tiempo dedicamos a lo que se ama o debería amar?.  Apenas compartimos con nuestros seres más queridos, rara vez decimos a una persona, que de verdad queremos, con cariño y un gran abrazo:  TE QUIERO, TE QUIERO MUCHO.


Debemos educar la interioridad, nuestro espíritu, nuestros miedos y egoísmos, nuestras ilusiones y esperanzas,  para así relacionarnos desde dentro, desde el corazón.   Una persona puede tener muchos estudios, ser sumamente erudito y muy competente en su profesión, puede incluso ser famoso, muy admirado, puede ser un gran deportista, puede tener gran poder político o económico, etc.  ¿De qué le sirve si es mala persona, si tiene un corazón egoísta, soberbio, incapaz de amar?  

Tenemos que aprender a descubrir el mensaje de las cosas que nos rodean. Dios habla a través de todo, pero muchas veces tenemos poca capacidad de escucha. “En todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman, de los que son llamados según sus designios” [Rom 8, 28].  Escuchar es tarea del corazón, no del oído. Todo tiene un mensaje de cariño y felicidad para ti, la naturaleza, los juegos de los niños, la mirada del anciano, los animales, las personas que te rodean,… Debemos tener sensibilidad para descubrir los mensajes que Dios,  a través de las personas y de la creación nos está continuamente enviando. Dios nos habla al corazón, nos conduce como un padre o madre a su niño pequeño para que aprendamos, para que seamos felices y hagamos felices a los que nos rodean. 


[1] San Ignacio de Loyola:   “Ejercicios Espirituales”
[2] Florencio Segura s.j.  “El saber y el sabor”   Revista RAZÓN Y FE. 1985

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